Relatos pedagógicos: identidad docente, vocación, sentido social

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Cuando desarrollamos los seminarios-talleres de Documentación Narrativa de Experiencias Pedagógicas con profesores y profesoras, y hacemos una primera aproximación a la escritura, los invitamos a rememorar momentos significativos a lo largo de su vida profesional, puntos de inflexión que hayan marcado un antes y un después, donde el o la profesora se haya visto enfrentado a la pregunta “¿para qué educar?”.
Tras el recuerdo y la reflexión desde el presente, en diálogo con nuestros pares, emerge el sentido de la profesión docente, y a la luz de estas experiencias, se revela como un imperativo ético: dignidad, amor y resistencia a la deshumanización de las relaciones sociales en contextos educacionales. A continuación compartimos con ustedes algunos extractos de relatos docentes, forjados en el marco de este proyecto, que dan cuenta de esos sentidos compartidos:

“Día a día veo a Ignacio, a veces me saluda a la distancia con una linda sonrisa en su rostro, otras veces se acerca y me saluda amablemente con un beso en la mejilla y un: ‘hola profe, ¿cómo está? La echo de menos, ¿cuándo me va a hacer clases?’. Algunas veces llega a la sala del 2° medio A y me pregunta: ‘¿puedo entrar un rato?’; otras veces lo veo fuera de su sala porque lo han sacado y conversamos sobre por qué está afuera; siempre es amable, nunca más vi esa mirada dura conmigo, ahora es dulce, respetuoso y amable.
Día a día llego a las aulas del Liceo Técnico de Valparaíso a entregar conocimientos, valores, habilidades, etcétera, a mis estudiantes, pero nunca había reparado en que también aprendo día a día algo de ellos. Ignacio me enseñó que educar en y desde el amor es la trastienda del rol del profesor”.

(Ana Catalán, Profesora de Educación Tecnológica, Valparaíso).

“Soy una convencida de que en la vida es fundamental poder contar con relaciones sanas para poder desarrollarnos, en todos los aspectos de nuestra vida, lo que no excluye el ambiente laboral, pues en él cada día a día, desde las experiencias y enseñanzas que vivimos, es de donde surgen las relaciones que logramos establecer, y a partir de ellas surgirán los diferentes tipo y calidad de vinculaciones que estableceremos con el entorno (…) desde esta perspectiva, era imposible desconocer la realidad a la cual nos enfrentábamos, y más aún, lo nocivo que era conformarse con menos, pues más temprano que tarde se vería reflejado directamente en nuestro trabajo que termina siendo el insumo directo de las personas que educamos; no me quedaba entonces, más que intentar seguir a mi antigua directora hasta donde fue trasladada, sintiendo con ello, que además de validar su permanente capacidad de liderazgo y acción formadora, estaba respetando mi esencia y mi identidad docente y por qué no decirlo también, mi salud mental”.
(Claudia Moya, Educadora Diferencial, Valparaíso)

“Nos fuimos con el alumno, sabíamos que vivía en la peligrosa población ‘La Confra’ y, antes de entrar en ella, nos dijo que lo dejáramos ahí, que él entraba solo porque lo conocían, a lo cual mi esposa y yo le contestamos que el compromiso era dejarlo en su casa ya que los apoderados confiaban en estos profesores y en lo prometido por ellos. Entramos a la población, llegamos a un lugar que parecía una plaza, más bien un sitio baldío con poca luz y esqueletos de árboles solicitando agua para poder sobrevivir. Llegamos a la casa del alumno, se bajó, fue a su casa y volvió rápidamente, en sus manos empuñaba un fierro, no pequeño; se dirigió a nosotros y nos dijo: ‘Profe, ¿por qué no se bajan? Mi mamá, quiere conocerlos, no se preocupe por el furgón, yo lo cuido’, mostrando el fierro que llevaba.
Nos bajamos, entramos a la casa, era de madera, las paredes estaban cubiertas de cartón para que no se escurrieran el viento y el frío; sobre los cartones observamos fotos muy antiguas, la mesa cubierta con un mantel blanco, impecable. Apareció una señora de edad que dirigiéndose a mí, me dijo: ‘Quería conocerlo, profesor, mi hijo me ha hablado mucho de usted’.
A la una de la noche nos retiramos de ese hogar y pienso que nunca he probado un café más delicioso ni he saboreado mejor pan amasado con mantequilla que esa noche”.

(Lucio Riquelme, Profesor de Lenguaje, Santiago)

“El liceo era grande, en él se podía oler, sentir el frio y la humedad. Las prácticas dictatoriales estaban presentes en las aulas, por supuesto ese lugar no era la excepción. Los chicos debía tener el pelo muy corto, su corte no podía traspasar el borde superior del cuello de la camisa, el cumplimiento del reglamento incluido el uniforme escolar era insoslayable, no se permitía nada que traspasara las normas, ni siquiera el color de la bufanda.
El día que comencé a sentir el frío más terrible lejos de mi preocupación de la enseñanza de la revolución francesa, empecé a fijarme en estos inquietos estudiantes de segundo medio. Algunos tiritaban de frío y lo expresaban, en otros las manos cianóticas por el frío les impedía asir el lápiz o escuchar el relato que debía hacerles. De pronto fijé la mirada en un estudiante muy compuesto que se sentaba en primera fila, siempre llegaba temprano, impecablemente uniformado, atento a cada una de mis palabras, sin embargo aquél día estaba distraído, como si estuviera en otro lugar, aunque hacía denodados esfuerzos por mantener la atención y trabajar en clases. Era sin duda el mejor estudiante del curso. Por primera vez lo vi, me fijé que aunque el frío, la lluvia y la humedad eran intolerables el sólo vestía con su alba camisa y el vestón escolar. No se cubría con chaleco, parka o bufanda. ¡Nada!
Al terminar la hora, me acerqué a él, le pregunté si no sentía frío. La respuesta era casi lógica, lo sentía y mucho, entonces insistí
-¿Tienes Parka?,
– Sí profesora, pero no es del color que exige el liceo y si vengo con ella me la quitan en inspectoría.
[…]
Mientras lo invité a un café y un sándwich en el kiosko del colegio, surgieron en mí mil preguntas. ¿Cuál era mi objetivo en la educación? ¿C cuál era el sentido de estar enseñando la Revolución francesa a niños que ni siquiera habían almorzado? Desde ese día hasta el término de mi práctica profesional, le llevé un sándwich o le invité a comer algo a la hora del recreo. Recuerdo su aspecto y su carita como la cientos de Torres o Valdivia. Nunca más supe de él, espero que haya cumplido su sueño”.

(Bernardita Carrasco, profesora de historia y educadora diferencial, Macul)

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